Dicen que Tita era tan sensible que desde que
estaba en el vientre de mi bisabuela lloraba y lloraba
cuando ésta picaba cebolla; su llanto era tan fuerte que
Nacha, la cocinera de la casa, que era medio sorda, lo
escuchaba sin esforzarse. Un día los sollozos fueron tan
fuertes que provocaron que el parto se adelantara. Y sin
que mi bisabuela pudiera decir ni pío, Tita arribó a este
mundo prematuramente, sobre la mesa de la cocina,
entre los olores de una sopa de fideos que estaba
cocinando, los del tomillo, el laurel, el cilantro, el de la
leche hervida, el de los ajos y, por supuesto, el de la
cebolla. Como se imaginarán, la consabida nalgada no
fue necesaria, pues Tita nació llorando de antemano, tal
vez porque ella sabía que su oráculo determinaba que
en esta vida le estaba negado el matrimonio. Contaba
Nacha que Tita fue literalmente empujada a este mundo
por un torrente impresionante de lágrimas que se
desbordaron sobre la mesa y el piso de la cocina.
ESQUIVEL, L. Como agua para chocolate.
Buenos Aires: Debolsillo, 2005.
No fragmento do romance mexicano, publicado em
1989, prevalece a